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Caperucita

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Un año después del gran susto que se llevaron con el lobo, Caperucita al fin se atrevió a salir al bosque para ir a ver a su abuelita. Esta vez no se desviaría del camino, todo el mundo se lo dijo, “si no te hubieras desviado, nada te habría pasado” “tú tuviste la culpa”. Iría por el camino correcto. Cuando le quedaba poco para llegar, se encontró con el leñador que las ayudó la otra vez. Caperucita se sintió tranquila. El leñador se acercó y sin mediar palabra se abalanzó sobre ella. La joven se quedó inmóvil, no supo responder. Se dio cuenta de lo ocurrido cuando se vio allí, tirada en el bosque, llena de sangre y sin poder decir una palabra. Recogió sus cosas y se fue a casa de la abuelita, no fue capaz de decir nada, sentía vergüenza, ¿Por qué? ¿Si esta vez no me he salido del camino? ¿No era bueno el leñador? ¿En que había fallado esta vez?

Caperucita se quedó una temporada en casa de la abuelita, no salía, apenas comía ni hablaba, se encerraba en su alcoba a mirar por la ventana temiendo que alguien se acercase. La abuelita decidió llamar a su otra nieta Tacirupeca, de la misma edad de Caperucita y con la que habían pasado muchos momentos juntas.

Tacirupeca de pequeña se fue a vivir a otra aldea, allí pudo ir a la escuela. Era una joven extrovertida, incansable, siempre atenta a lo que pasaba a su alrededor. Su madre era bruja y le estaba enseñando medicina, así que aceptó gustosamente ir a casa de la abuelita, para ver a su prima y aprovechar a recolectar hierbas para los ungüentos.

Tacirupeca sabía que no puedes pasar la vida temiendo que te hagan daño, dejar de disfrutar, de vivir, por miedo a lo que hagan aquellos que se creen con el poder de hacer daño libremente. Así que habló con Caperucita, le enseñó a no culparse por daños ajenos, ella no hacía ningún mal a nadie, ni en medio del bosque ni por el camino, eran otros quienes decidían hacerlo. Ella no podía evitar los ataques, pero sí podía aprender a defenderse.

Todos los días se iban las primas al bosque. Corrían, trepaban a los árboles y bajaban por los barrancos para coger las mejores hierbas. En una ocasión, se les hizo de noche y de vuelta a casa de la abuelita se toparon con una loba, Caperucita se asustó mucho, vio como su prima Tacirupeca se acercaba y se abalanzaba sobre la loba. Era amiga suya, de la otra aldea. Tacirupeca le explicó que en la escuela a ninguna niña le dejaban salir al bosque excepto a ella y los niños no la aceptaban por ser chica. Al principio se aburría hasta que conoció a Roya, una lobezna pequeña con la que aprendió a jugar. Ella la acompañaba a buscar las hierbas para su madre. En una ocasión, cuando aun no tenía tanta agilidad estuvo a punto de caerse por un barranco de no ser por Roya, quien enganchó su caperuza con los dientes y consiguió subirla. A Tacirupeca no le daban miedo los lobos, sabía que había buenos y malos, igual que las personas de la aldea.

Caperucita, harta de estar encerrada en casa, en esa aldea maldita, donde las niñas tenían que tener miedo a todo, decidió irse a vivir con su prima. Era muy mañosa con la madera, de pequeña siempre hacía figuras y le gustaba cortar la leña. Como ya tenían una cierta edad, construyeron una cabaña en medio del bosque donde Tacirupeca preparaba sus medicinas y Caperucita montó una carpintería.

No estaban solas, la abuelita y la bruja iban a verlas de vez en cuando. Pronto se hicieron famosos los ungüentos de Tacirupeca, y pasó a ser denominada bruja y Caperucita se convirtió en la mejor carpintera de la comarca. Ambas proveían una magia muy especial, la de ser libres.

 

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